Una lluvia finísima, apenas imperceptible resbala sobre su cabello. La Luna blanca, casi escondida tras una nube gris, baja llena de su esplendor a refugiarse en su pupila. Una pupila negra que la mira fijamente, como juzgándola, y sin verla en realidad, una pupila inocente en una mirada cruel, en la mirada de un hombre (o aún niño) que no sabe que mañana, tras la lluvia, saldrá el Sol... Tal vez porque nunca pudo sentir su calor por la mañana bañando su rostro de luz. Un hombre que mira y no ve, que siente y no habla, que no vive y que está con vida. Las gotas pequeñas, insignificantes, resbalan de su cabello por su rostro, hacia sus hombros y luego humedecen de a poco toda su ropa... ¿Importa acaso que luzca como un hombre mirando con empeño a la Luna en medio de la noche y empapado hasta casi tocarla con la mirada? Si en realidad solo luce frente a ella lo que intenta ser y no es. ¿O lo que cree que es?. Pupila negra, en una mirada fría llena de culpa, de remordimiento, de rencor, de venganza contra quien lo hizo ser así. ¿Pero acaso no fue él mismo quien se rindió a la negrura, y a la soledad, y al eterno castigo? Un hombre agobiado por la sensación de ser casi miserable y solo él se desprecia. ¡Qué ironía! Yo lo veo contemplar la Luna como hipnotizado, casi suplicándole que lo ayude, pidiéndole desde el alma que no lo deje hacer una locura. Y yo también se lo pido, se lo ruego, se lo suplico... le imploro a aquel hombre que no pierda la razón... que no se pierda, que no se abandone, que no se rinda, que no se condene, que no deje a un lado más de lo que ha apartado ya de su vida... Una familia, amigos, el amor, los sueños, el perdón, las ilusiones, la razón, la alegría, arrancó de su vida todo aquello y también a mí, pero sobre todo ¡a él! ¡Yo también le suplico que no haga otra locura! Otra... ya van dos. La primera peor que la que está a punto de cometer ¿o la segunda es peor? Es igual, la muerte siempre tiene el mismo significado, solo distinta víctima... Perder la razón, casi como perder la vida. La noche ya está despidiéndose, y la Luna le dice Adiós a ese hombre ocultándose despacio tras la azulada claridad del día. Él cierra los ojos, una lágrima escapa de mis pupilas y de las suyas... ¡Yo también le suplico que no se quite la vida!
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